domingo, 26 de junio de 2011

El fin del crimen.


Yo no soy como esos héroes, como Batman o Superman, no me ocurrió ninguna tragedia que haya forjado mi personalidad de un día para otro, o haber nacido así gracias a los genes de mis padres. Lo mío fue distinto, fueron pequeños hechos silenciosos, uno tras otro, pequeños como un ejercito de mosquitos, que día tras día fueron socavando mi personalidad, hasta que un día me encontré completamente podrido, no lo vi venir, pero ahora que recuerdo mi pasado, reconozco cada uno de esos pequeños ataques y los observo con odio, porque ya nada puedo hacer nada.
La otra razón por la cual me diferencio del resto es que no tengo un enemigo definido, si en mi vida hubiera un guasón o un Lex Luthor lo agradecería con todo mí ser, tendría a quien agarrar a golpes como si se tratara del mal encarnado, la injusticia misma subjetivada, dispuesto a hacer capturada. Pero la verdad es que en este mundo las cosas no funcionan así, el mal aparece en cada uno de nosotros, de manera episódica, brota y se va, de este modo es muy difícil lograr un estado de paz. Dejar a todos conformes.

Hay que proteger a la gente de si mismos. ¡Que objetivo más complicado el que me he asignado! ¿Como convencer a la gente que no rompa ley? ¿Explicándoles que si lo hacen se irán a la cárcel, y dejaran de ser libres? Eso no les asusta, la “libertad” en esta ciudad parece estar relegada a los libros de historia e idiotas telenovelas, al igual que la olvidada dignidad. Les da igual estar adentro o afuera, solo es dormir en un lugar más grande. Es igual de frio que sus hogares, y les toca convivir con gente que nunca eligieron conocer, de la misma manera en que pasa la vida. Unos tipos de mayor autoridad les dan órdenes, y hay que moverse a ciertos horarios de un lugar a otro. ¡A caso eso es un castigo! Un castigo te duele, te hace sufrir, amenaza con quitarte lo que amas. Sin embargo aquellas personas han sufrido el flagelo social cada día de su vida, les ha faltado más comida, comprensión y cariño en “libertad” que en la prisión o el psiquiátrico. Por lo mismo pienso también que aquellos que vallamos al infierno ni notaremos la diferencia, nos sentiremos como en casa. Dios… si quieres castigarnos por nuestros pecados vas a tener que buscar una manera más creativa de hacerlo. Te aviso de antemano, que acá en la tierra… ¡no funciona!

Pero no queda otra, es el único modo de defenderse. La violencia parece alargarnos la vida, por unos segundos, o solo es un simple sedante en esta agonía, que comenzó apenas surgió la humanidad. No lo sé. Quizás sea así. Pero sí en algo estoy lo suficientemente claro es que no me puedo controlar cuando veo que abusan de los débiles, no puedo quedar indiferente (lo cual me gustaría mucho, me permitiría descansar). Mi rabia explota cuando un padre maltrata a su hijo o esposa, o un grupo de estudiantes insulta sistemáticamente a su profesor que por su débil personalidad no sabe como defenderse, y sus ganas por enseñar solo se quedan en eso, en expectativas. Cosas como esas me sulfuran… imagínense cuando me tengo que encargar de narcotraficantes, pandillas o asesinos seriales.

Entonces aparezco con mi traje de héroe, doy unas vueltas en el aire, y unas cuantas patadas que siempre dan en el blanco y bota unos cuantos dientes-cosas de rutina- para luego reproducir mi discurso: Soy el castigador de quienes abusan de su poder, de los intolerantes que despojan de su dignidad a quienes no tienen la suficiente fuerza o valor para defenderla. Yo seré quien les haga huir de si mismos, y cada vez que siquiera piensen en hacer o recordar lo que hicieron, sentirían el dolor tan real como el que recibieron de mi parte este día, sudaran, les temblaran las extremidades, les costará respirar y su cerebro arderá como si su cráneo fuera un caldero cocinando sesos frescos. Despertaran arrepentidos, amanecerán cubiertos en sangre, la cual les recordará el error más grande de sus vidas.

Un discurso bonito, aunque reconozco que hasta a mí me costaba trabajo creérmelo. Confiaba en que el espectáculo que armara sirviera de un buen contexto psicológico para que marcara de por vida a los criminales, y claro está, las drogas que le inyectaba me ayudaban bastante en esta tarea, las cuales producían un efecto directo en regiones de la amígdala y el hipotálamo, logrado una consolidación poderosísima de los recuerdos emocionales. De esta manera, me aseguraba que no olvidaran la lección, que las pesadillas que desde ahora tuviesen, cada una de ellas les recordara este día y el dolor, que el recuerdo de el error que cometieron, apareciese hasta en sus desayunos.


Ayudé a capturar a varios criminales, psicópatas y mutantes fuera de control, toda una fauna humana que ejercía la violencia de manera desmedida, que parecía contagiar a su vez a la gente más decente, pero que sin embargo por más que esta gente promedio ejerciera la violencia, no podíamos encerrarla, sería irresponsable de parte del sistema clasificar más crimen del que puede existir, pues no había espacio para tantas prisiones, y además la economía de una ciudad no se sostiene con un 7% de su población libre y trabajando. Había que dejar a algunos libres para que trabajaran y permitieran tener los recursos necesarios para someter a los más desquiciados. Aunque sabíamos bien, que todo era una gran farsa, siempre había otro afuera que enloquecía, que perdía el juicio y empezara a matar o explotar cosas –pasatiempos populares en estos tiempos-, entonces teníamos que liberar al más sano de adentro, para darle espacio en la prisión al nuevo que era más peligroso para la sociedad.

Era un trabajo horrible, pero nosotros los superhéroes nos encargábamos de eso, ese era el poder más grande que teníamos y nos diferenciaba del resto de las personas. La capacidad de darnos cuenta de lo que ocurría, que la sociedad no tiene otro destino que la perdición y posterior desaparición, sabiendo que no sirve para nada todo lo que hacemos. El superpoder de a pesar de todo eso seguir levantándonos cada día, intentando dar lo mejor de nosotros. Con la pequeña ilusión de que existe la remota posibilidad que algún día encuentren la cura a esa enfermedad, mientras tanto no nos queda más que anestesiar y confiar.

Pero esa monotonía no fue para siempre. Algo ocurrió, a todos nos sorprendió. La revolución del 20 de septiembre, ese olor a grasa espesa y negra, a cigarros, café y metal que nunca abandona la ciudad, me lo recuerda, ese su olor y esta su historia. Se deslizaban como ratas por las alcantarillas como sombras abstractas que solo podían reflejar lo caótico de la vida en la capital, formas orgánicas que en el presente conformaban el orden establecido, la insurrección de los olvidados, tomaron todo lo que tenían a su alcance, y sirviera para matar, pistolas, cuchillas, sartenes o un bota de tacón bien duro, todo podía ser útil, mientras fuera capaz de abrir cráneos o detener corazones. Salieron a la calle, vociferando como monstruos, rugiendo como la tierra que se abre en el más intenso terremoto, escupiendo rabia como el más enfurecido volcán en erupción. Marcharon de diversos lugares hacia donde se encontraba la aristocracia, la elite, las grandes casas, con muchos autos, muchos arboles, y animales de razas exóticas, costosas y poco fértiles. Saltaron sus rejas, derribaron sus puertas, asesinaron todo lo que se les cruzo, hombres, mujeres niños o mascotas, no importaba, para los ojos de los insurrectos solo había un tipo de enemigo, y no distinguía edad o género. Toda acción tenía validez, toda muerte tenía justificación, ellos vivieron a costa de la sangre de los inferiores e inmensa mayoría, de los débiles que estaban dormidos, era totalmente justo que pagaran todos esos siglos de explotación. La policía no escucho el auxilio de los acomodados, ellos también ya estaban cansados de ser los perros guardianes, querían disfrutar también de los tesoros que protegían, ni tampoco países más poderosos pudieron intervenir, tenían sus propios problemas que solucionar, las ratas y perros habían contraído la rabia por todo el mundo, y varios lideres ante ese terror se habían suicidado o simplemente escondido bajo sus sabanas. Porque por más poderoso que sea alguien, le teme a la oscuridad, le teme a las sabandijas, a los deforme, a la anarquía, sin orden ni poder, que instaurar, no hay bases sobre la cual construir reinos, solo locura esparcida como polen, esquizofrenia que podía ser bebida de la llave, agresividad y temor, que se podía respirar donde fuese que pudieras ir.

Creo que esa era la única salida efectiva a la farsa que protagonizábamos los superhéroes. La misma gente, la masa encolerizada la conocía bastante bien, sabía como cualquier animal que parte era la que le dolía y por instinto responde a la agresión. ¿No había suficientes prisiones para meterlos a todos? Pues seamos honestos, este mundo es una gran prisión, todos a fuera y que se junten con todo el resto que son iguales a ellos, seamos por una vez sinceros, y que todos simplemente hagan lo que quieran y nadie los reproche.

Me cuesta creer que de aquello pueda salir algo peor al orden anterior. Me cuesta mucho. Por ahora solo me queda buscar un nuevo trabajo, que sea para tener algo con lo cual malgastar mi tiempo. Algo como escribir.

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