Ella era una joven de 17 años, de largo pelo color castaño claro, ojos almendrados y una sonrisa pequeña que muy pocas veces se dejaba ver. Vivía con su madre en el piso seis de un edifico en Avenida Providencia llegando a Seminario, la ventana de su pieza daba una hermosa vista al parque y al cerro San Cristóbal y podía estar horas observando como la gente gozaba y aborrecía su existencia, paseando bajo las acogedoras sombras de los árboles, transitando por las ardientes calles, muy a prisa hacia destinos que desconocen. A su padre casi ya no lo recuerda, y su ultimo novio, sí, aquel rufián que le era infiel con su mejor amiga, solo tiene la misma significancia en su memoria que aquel yogurt agrio que una vez comió y le provoco una desagradable pero pasajera indigestión. A su madre casi nunca la veía, puesto llegaba tarde a la casa después de un agobiante día de trabajo del cual solo llegaba con ganas de descansar. Elizabeth creía que su madre no la quería, y pensaba también que ir al colegio solo era una perdida de tiempo, más aun ahora que debía entrar a la universidad y no tenia la menor idea de lo que le gustaba. Muchas veces se preguntaba. ¿ Para que hacemos tanto si podemos morir mañana?.
Una día, extraordinariamente, se despertó con una idea en su cabeza, una idea con tanta intensidad que no le quedaba otra que realizarla. El estado actual en su vida se debía a su suerte, y en realidad creía ella que el azar había dado a algunas personas la felicidad y a otras la tristeza. A ella por ejemplo le tocó el tormento y el infortunio. Sin embargo no todo estaba perdido, puesto recordaba haber escuchado alguna vez que quien encuentre un trébol de cuatro hojas, poseerá una suerte envidiable hasta por el más exitoso y feliz de los hombres. Así que desde ese momento, Elizabeth iba todo los días, y a todas horas que podía, al parque a buscar tréboles de cuatro hojas para ganar su felicidad. Se agachaba y se disponía a gatear parsimoniosamente recorriendo cada milímetro de pasto, buscando rastros del preciado tesoro, lo hacia hasta que el sol se ponía y sus pantalones en las rodillas se teñian verdes hasta más no poder. Encontró hormigas, una moneda de diez pesos, encontró una chinita y mucho barro, encontró un reloj, una araña, una flor, y un anillo de oro, una rosa marchita de la cual colgaba una nota que decía te amo, encontró una billetera con cien mil pesos y una nota suicida de alguien que se había hastiado de todo (y que luego encontraron muerto en el río), encontró tréboles de cinco y seis hojas, se encontró gateando por ahí con un chico que se convertiría en su novio, que luego de meses la dejaría, alegando que pasaba más tiempo con la mirada en el suelo que en sus ojos. Encontró muchas cosas y recorrió muchos parques, pero lo que nunca logró fue encontrar ese trébol de cuatro hojas que le traería felicidad a su vida, y abatida ante tanta desgracia y convencida de que tal búsqueda infructuosa había traído más pena que alegría, volvió a encerrarse en su habitación, a mirar el techo y esperar que la muerte tuviera la suerte de encontrarla pronto.
Gabriel González Medina
gabie eso lo escribiste tu ??
ResponderEliminares q tengo una duda con el sentido del relato
eso adios
si, lo escribi yo, por que??
ResponderEliminaruna vez escuche que no importaba el resultado de las cosas, sino que más valía la pena el cómo uno hace las cosas...
ResponderEliminarNo pudo encontrar felicidad elizabeth en la busqueda de su trebol.... quizas la misma búsqueda era su trébol (dedicación, valor, perseverancia)
linda historia en todo caso!.. escribe pronto..
Nuevo cuento publicado, es que estoy demasiado exigente con las cosas que se me ocurren ;D
ResponderEliminarSaludos y gracias :)