En la medida que las ciencias nos explican el como esta conformado el universo y la biología con la psicología como lo percibimos, es fácil mientras que nutro mi mente de esto conocimientos para comenzar a dudar sobre que es lo realmente cierto. Porque por un lado todo los que nos rodea (como yo mismo) son simples aglomeraciones atómicas, que potencialmente se transformara en energía. Y por otro lado lo que mis sentidos perciben son simples interpretaciones que diseña mi cerebro, lo suficientemente sencillas para que mi conciencia no colapse, como cuando se le explica a un niño que los bebes los traen las cigüeñas. Transforma en mi mente en un huracán de dudas, que cuestiona todo los esquemas que había servido hasta entonces para darle sentido a mi vida
De algún modo los esquemas y estructuras mentales, los simbolismos y valores, creencias axiomáticas y convicciones científicas cumplen la función de mantenernos vivos, como guardias que impiden que nos suicidemos, que nos volvamos anti-biológicos. En algún momento en una etapa de mi corta vida en que cuestione todo y me reí de aquello, de lo ridículo que eran los condicionamientos que teníamos las personas, como nos fabricamos las razones para que vivir tenga un significado, como quien dice que daría todo por su familia, por un ideal, o que sea por si mismo. Pero como yo me daba cuenta que tales esquemas mentales que todos nos fabricamos para que la vida tengo un sentido, no tenían sentido, para mi la vida se había convertido un absurdo, un rompecabezas sin piezas y una carrera sin fin, y en esa época si no me suicidaba era porque sentía que aún me faltaban esquemas por destruir, y al fin romper la barrera que me permitiría liberarme y como en ese tiempo pensaba: humanizarme. La sensación de que el mundo era una maqueta, hecha con palitos, pegamento y papel de color, fabricada por el niño que vive en cada uno de nosotros, inocente que puede construir un mundo, y juega con sus muñecos, asignándole roles como lo hacemos nosotros con todo lo demás. Entonces cuando caía cada vez más profundo en mi sentimiento que esto no era vivir sino simplemente una ilusión que nosotros habíamos construidos me empecé a dar cuenta que atiborrándome de sensaciones simples lograba concentrarme simplemente en eso y gozar el momento, dándole a ese instante una significancia totalmente vivida, comer hasta hartarse y beber alcohol hasta borrarse, como quienes rezan hasta transportarse según ellos al mismo cielo. Desde ese punto no era muy distinto a uno de ellos, sumergiéndome en una creencia, aun así, hasta cuando creía que todo era una maqueta elaborada por nosotros mismos me había transformado por así decirlo en un espiritual de la duda. Por tanto comencé a reflexionar sobre que tan importante era cuestionarse cosas que nos hacían sentir bien y además no hacían mal a nadie. Y mi respuesta fue, si funciona, bien.
Comúnmente nuestros amigos o nosotros mismos nos preguntamos sobre si cierta conducta nuestra es buena o mala, tenemos ese separatismo insertado. Gente frustrada por su personalidad, que le gustaría ser como alguien más, gente que no sabe que decisión tomar porque imagina como que existiera un manual universal sobre como tener una vida exitosa.
Todo esta lejos de ser un problema de que existan esquemas, dioses o respuestas correctas, la solución para obtener una vida satisfactoria parece estar en que sintamos que los valores que tienen las cosas los tienen porque nosotros se los damos, destruir a ese Dios antiguo que obedecía a necesidades antiguas para fabricar uno nuevo, que se adapte estos tiempos y sea el indicado para sustentar nuestra realidad, crear nosotros mismos las razones para vivir y no lo que otros nos dijeron que era importante y en la medida que nosotros llevemos una vida basada en las decisiones que libremente tomemos, para hacernos felices y a la vez no dañando a los demás, todo saldrá bien, todo funcionara. Nos sentiremos realizados y exitosos. Y en realidad en esos momentos de alegría, importa bien poco si el mundo es una ilusión o un perverso engaño de un genio maligno, (Descartes, R. 1641. Meditaciones metafísicas) la verdad jamás podrá vencer (al menos en popularidad) al disfrute y a la felicidad.
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