Como si fueran pocos los obstáculos que tienen que sobrepasar los psicólogos para adquirir nuevos conocimientos acerca de su disciplina, muchas veces son ellos a si mismos quienes se impiden realizar o no tal indagación. Cuando se vencen las limitantes tecnológicas, espaciales y temporales, cuando se logran diseñar los instrumentos de medición adecuados para registrar los conceptos operacionalizados, cuando se cuenta con todo un proyecto y una metodología elaborada, cuando todo eso se encuentra listo, cargado en el revolver epistemológico del investigador, preparado para disparar contra la realidad e indagar en las verdades del comportamiento y mente humana, llega el momento de la decisión, de si es correcto, de si es moral de si es ético
Naturalmente sería difícil encontrar a quien diga que adquirir conocimiento sea poco ético. Los cuestionamientos no caen, sobre el “Qué” sino sobre el “Cómo”, una mirada critica y quizás también de desprecio sobre algún “maquiavélico” científico-investigador que flamee el estandarte de “El fin justifica los medios” y se escude en el bien mayor. Usualmente nos gusta generar “bien”, tanto para otros como para nosotros mismos, pero cuando este bien tiene como forma de pago un poco de “mal” nos comenzamos a preguntar si es adecuado hacer tal transacción, si acaso un mercado regulador de intenciones nos castigaría por tal osadía utilitaria. El psicólogo, como explorador y también colonizador de las tierras laberínticas e inextricables del ser humano , su mente y su conducta, se ve en vuelto varias veces en el dilema de si los métodos utilizados para conseguir sus herramientas y recursos (conocimiento teórico y practico) que necesita para trabajar y hacer su trabajo, esto es de alguna manera : ayudar a que el paciente mejore su calidad de vida y en consecuencia, toda la masa flexible y mutante que se ve inmerso llamada sociedad, generando en resumidas palabras un bienestar en el sistema, su mecánica mental y repertorio conductual, son éticamente correctos de llevarse acabo. Conocido y cuestionado es el ya mítico experimento de Milgram, en que a través de un engaño se inducia a participar a los sujetos a un estudio sobre la obediencia a la autoridad pero creyendo los participantes que acudían a una investigación sobre el aprendizaje. El psicólogo investigador, muchas veces debe ocultar información, ya que es uno de los pocos factores que puede controlar, y así evitar que los sujetos de estudio intervengan conscientemente, o estén predispuestos inconscientemente a actuar de una manera u otra, de esta manera invalidando todos los resultados.
Predicciones del futurólogo Ray Kurzweil nos cuentan que el desarrollo de inteligencias artificiales, emociones y conductas antropicas idénticas a las nuestras no estaría más allá de unas tres décadas de desarrollo. Los posibles softwares computacionales que puedan ser diseñados con colaboración entre ingenieros en informática, programadores, técnicos, biólogos, sociólogos, antropólogos y por supuesto psicólogos, podrían llegar a convertirse en verosímiles representaciones de la realidad humana pero en la virtualidad, sin ninguna vida biológica de por medio, se transformaría en el ambiente ideal , en donde se puedan probar modelos y esquemas que mejoren la vida humana sin arriesgar la sanidad mental ni corporal de ningún individuo, sociedad o especie, un medio hermético a la moral y la ética, donde los investigadores podrían generar una mente psicopática en el plano virtual y colocarlo dentro de una familia cibernética y sentarse frente al computador a ver como masacra su familia. Entonces un psicólogo investigador llevara registro de cuan agresivo es, el otro de cómo trabaja su mente, otro de los sistemas de defensa de las victimas y no faltara el otro que sucumbirá estremecido cuando oiga los gritos de la madre y sus hijos gritándole directamente a través de la pantalla que por favor haga clik sobre el marido y ponga eliminar. Al parecer será más fácil librarnos de nuestra biología natural que de la ética ineluctable que nos yergue como humanos.
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